«J.R.R. Tolkien y la Guerra Civil Española »
Ganador Premio Ælfwine 2008 de la Sociedad Tolkien Española.

 

What's your proposal? To build the Just City? I will,
I agree. Or is it the suicide pact, the romantic
Death? Very well, I accept, for
I am your choice, your decision: yes, I am Spain.
Spain 1937. W.H.Auden.

There where we saw the Marist brothers fall
and in their smoking blood upon the wall
'So kills the Cheka' grimy fingers scrawl
and when they held their rifles to my chest
to save my bacon with a queasy jest,
to take with gratitude their rifle butts
my face a pulp that it might save my guts.
Flowering Rifle. Roy Campbell.


Cuando los acontecimientos históricos son contemplados desde la atalaya de la distancia y evaluados según parámetros contemporáneos, y no según las circunstancias que eran conocidas en el momento en que se desarrollaron, resulta fácil extraer conclusiones equivocadas o, como poco, obtener una visión distorsionada de las diferentes actitudes de los participantes y testigos de aquellos sucesos.

La presión social, nada novedosa, que reivindica los posicionamientos basados en lo políticamente correcto y que en nuestra época se ha intensificado gracias al poder de los mass media, debe ser evitada si se quieren analizar, con un mínimo de rigor, posturas y opiniones que, en su momento, sostuvieron personajes relevantes sobre cuestiones religiosas, sociales o políticas.

Un claro ejemplo de ello es la polémica que se suscita cada vez que se comenta la actitud de J.R.R. Tolkien durante la Guerra Civil Española y que se concretó en su discreto apoyo moral a los “nacionales”, los insurgentes que liderados por el general Francisco Franco derrocaron al régimen republicano tras tres años de lucha fratricida.

Una visión simplista de la cuestión podría llevarnos a plantear un silogismo desnaturalizado en el que las premisas tendrían como soporte que este apoyo, unido al carácter y naturaleza del movimiento de Franco, sólo podría conducirnos a la conclusión de que, en el terreno político, Tolkien no fue sino un fascista camuflado entre los muros de los colleges de Oxford.

La cuestión presenta, sin embargo, muchos más matices que trataremos de aportar en el presente trabajo, siendo el objeto del mismo dejar claro que su actitud se fundamentó en cuestiones que nada tienen que ver con un planteamiento fascista o totalitario y que, en ningún caso, le descalifica. A ello hay que añadir que, desde un punto de vista riguroso, la historia no suele concordar con explicaciones basadas en la dicotomía del maniqueísmo, por lo que no debería ser científicamente aceptable hablar en términos de buenos y malos en situaciones tan complejas como la que se planteó en España durante los años treinta.

Seguramente otros hechos como las envidias que se suscitan en el mundo literario o la antipatía ancestral que los católicos despiertan en Inglaterra también deben tenerse en cuenta, al menos como motivos que han servido para señalar a Tolkien con el dedo, aunque si se hiciera caso de todos los interesados comentarios y análisis sobre él tendríamos ante nosotros a un monstruo racista, misógino y puritano.

Por fortuna la mayoría de estas imputaciones ni se sostienen. Sirva como ejemplo la reiterada acusación de racismo a raíz de sus orígenes sudafricanos, aunque quienes sostienen esto desconocen que Tolkien simplemente nació, de forma accidental, en Orange, en el sur de África, en una región en la que apenas vivió tres años y que tardaría mucho tiempo en incorporarse a la República de Sudáfrica, la cual, a su vez, no aplicó hasta muchos años después su política de apartheid.

Con frecuencia las acusaciones son más concretas y contundentes. Por destacar un caso que ha tenido cierta repercusión gracias a Internet, podemos encontrar como en un artículo de Spearhead la revista del National Front, una organización racista británica, titulado The Mythos of J. R. R. Tolkien,[1] se relaciona a Tolkien, como suscriptor y colaborador, con la revista Candour editada por A.K. Chesterton, un primo de G.K. Chesterton vinculado al movimiento fascista inglés. No existe base alguna sobre ello ni sobre ninguna correspondencia entre Tolkien y A.K. Chesterton. Sin embargo, las consecuencias del libelo han tenido cierta extensión y apócrifamente circula por Internet y otros medios una historia acerca de que Tolkien le contaba en una carta a A.K. Chesterton que Gollum estaba inspirado en un judío miserable que Tolkien conoció en Sudáfrica durante su juventud.[2] Ciertamente sería todo un caso de precocidad teniendo en cuenta que Tolkien abandonó África a los tres años y no regresó nunca.

En cualquier caso, el hecho de que Tolkien mostrara sus simpatías por el movimiento franquista no se debe en absoluto a que compartiera un ideario político de extrema derecha, sino a una serie de circunstancias inspiradas esencialmente por su biografía y fundamentalmente a sus ideas religiosas.

El interés que despertó en Tolkien el conflicto trasciende la mera curiosidad de un espectador más o menos comprometido. Para él se trataba de una cuestión con una especial significación personal. Priscilla Tolkien, hija del autor, nacida en 1929, ha comentado que «el periodo de la Guerra Civil arrojó una gran sombra sobre la vida de mi padre y es un poderoso y duradero recuerdo de mi infancia».[3]

El lazo sentimental de Tolkien con España era mucho más arraigado que el que pudieran tener la mayoría de los británicos y, sin duda, que el de los intelectuales de su época y contexto geográfico. La historiadora Genoveva García Queipo de Llano señala acertadamente respecto a los intelectuales que:

La ocasión era óptima para que un acontecimiento externo sirviera de catalizador del compromiso político de los intelectuales que les había llevado a una política radical en sentido izquierdista y también, en ocasiones, fascista. Así se explica que la inmensa mayoría de los intelectuales opinara sobre la guerra y que además lo hiciera tomando partido por uno de los dos bandos. Si en el terreno de las relaciones internacionales la política oficial de las naciones democráticas fue de no intervención, ésta no existió mayoritariamente en la opinión pública y menos aún entre los intelectuales que se bipolarizaron respecto del conflicto. [4]

Pero no fueron motivaciones de compromiso político ni de afiliación a unas siglas las que forjaron el posicionamiento de Tolkien. El lazo biográfico con España, en su caso a través de su tutor el Padre Francis Morgan, sirvió para concretar su preocupación por la situación en el país y su formación humana y religiosa a su lado para establecer los criterios de su ideario.

Tolkien se convirtió al catolicismo siendo un niño. Su madre, impulsora de esta conversión, murió al poco tiempo dejándole bajo la tutela del Padre Morgan, quien fue su principal referente adulto hasta que comenzó sus estudios en Oxford. Tras su mayoría de edad, siguió siendo una figura importante en su vida y en la de su familia. De hecho participó con ellos en muchos eventos y fue un asiduo visitante de los Tolkien tanto en Leeds (donde éste ejerció su primer trabajo como profesor) como en Oxford donde están documentadas visitas y estancias, más o menos largas, al 20 de Nortmoor Road [5].

Nacido en España, la familia de Francis Morgan desarrolló en Andalucía la mayor parte de su vida. Los Morgan eran nativos de El Puerto de Santa María, en Cádiz, y en esta localidad se encontraba la casa familiar y la mayoría de sus posesiones. La ascendencia española de la familia procedía de su madre, María Manuela Osborne, hija primogénita del impulsor de la compañía vinatera del mismo nombre, famosa tanto por sus licores como por el popular “Toro de Osborne”, un reclamo publicitario ideado a mediados del siglo XX.

Francis Morgan fue el último de los suyos (sus hermanos murieron sin descendencia antes que él) con lo que sus sobrinos segundos de la rama Osborne se convirtieron en su familia más allegada en España. En particular estableció una fluida correspondencia con su sobrino segundo Antonio Osborne cuyas descripciones y testimonio le proporcionaron información directa desde España.

Sirva como referencia este fragmento de una carta de 10 de Enero de 1933 en el que reseña los numerosos incidentes que se estaban produciendo y, en particular, los sucedidos los días 2 (en que se quemó la Iglesia de Real de la Jara en Sevilla) y 8 de ese mes (cuando ardieron iglesias y conventos por todo el país).

Ahora, más que nunca, me gustaría hacerte una visita pero tu sabes como están las cosas en la pobre España. ¡Con que tranquilidad saldría de aquí si a cada momento se están poniendo las cosas peor! Nosotros, gracias a Dios, no podemos quejarnos pues ni los incendiarios de templos ni las grandes huelgas revolucionarias se han notado en el Puerto. [6]

La violencia anticlerical practicada por grupos de ideología izquierdista se inició con la  proclamación de la Segunda República en abril de 1931. Aunque una mayoría del clero acató el nuevo régimen (a pesar de sus simpatías por la monarquía y de las posiciones particulares de algunos dirigentes eclesiásticos) entre el 10 y el 12 de mayo de 1931 los ataques a edificios y pertenencias de la Iglesia Católica alcanzaron unos niveles desmedidos.

Considerado como un acto de “justicia inmanente” por algunos ministros republicanos como Manuel Azaña, la pasividad de los poderes públicos llevó a que ardieran más de 100 edificios relacionados con la Iglesia. La barbarie provocó la destrucción, por ejemplo, de la biblioteca de Jesuitas de la calle de la Flor, en Madrid, considerada la segunda de España tras la Biblioteca Nacional, y se perdieron obras de arte de Zurbarán, Van Dyck, etc.

Aunque la violencia se limitó desde ese momento y hasta el inicio de la Guerra Civil a episodios concretos (por ejemplo el citado en Enero de 1933 o, de forma especialmente virulenta, en Asturias en 1934), los ataques verbales contra la Iglesia continuaron. Por ejemplo, el diario El Socialista de 1 de Octubre de 1931 resumía la postura de los partidos de izquierda: «Hay que destruir a la Iglesia romana, creadora de nuestra leyenda negra y que ha incorporado a nuestra historia el estigma de una tradición de fanatismo, intransigencia y barbarie».

La política del gobierno republicano no favoreció la concordia con los poderes religiosos y a consecuencia de sus planteamientos, concretados en numerosas leyes y decretos, el mismo Papa Pío XI, en su encíclica Dilectísima Nobis, condenaba el «espíritu abiertamente anticristiano» de la República Española.

En este ambiente tan enrarecido y en su condición de sacerdote católico, es imaginable la angustia que debió padecer el ya anciano Padre Morgan y que, sin duda, transmitió a sus cercanos. Seguramente en sus visitas a Tolkien en Oxford, le hizo partícipe de sus preocupaciones por España y muchas de sus conversaciones debieron girar sobre este punto, lo que explicaría en parte la posterior pesadumbre de Tolkien al estallar la Guerra Civil.

Morgan continuó la correspondencia con su sobrino en España. En sus cartas fueron tratados muchos de los temas que les inquietaban.
 
Pienso mucho en la pobre España y todos los días rezo por ella sin cesar. Sé que la pobre Reina ha venido a Londres para poco tiempo. Tienes mucha razón en cuanto a las elecciones que estaban muy mal arregladas, como yo he leído en un libro que se llama “La caída de un trono”[7].

En estas escasas frases, refleja su preocupación en referencia a la estancia de la reina Victoria Eugenia[8] en Londres como al comentar la obra “La caída de un trono”. Su sintonía con este libro, obra de Álvaro Alcalá Galiano, Marqués de Castel-Bravo, escritor y periodista de signo conservador, aporta información indirecta significativa.

Alcalá Galiano era seguidor de las ideas de Maurras[9] y habría que ubicarle dentro de la corriente “Acción Española” de la que fue un miembro destacado. Acción Española fue, en primer término, una asociación cultural fundada al poco de la proclamación de la república. Sus promotores crearían después una revista de tendencia católico-monárquica, en la que colaborarían autores adscritos a casi todas las corrientes vinculadas con los sectores conservadores españoles con la idea de propagar el pensamiento contrarrevolucionario desde un posicionamiento ilustrado[10]. En ella se publicaron también libros cuyo contenido era repartido entre diversos números. El primero de ellos fue justamente “La caída de un trono” que vio la luz entre 1931 y 1932, lo que indica las afinidades ideológicas del grupo con las ideas de Alcalá Galiano (y viceversa)[11].

En todo caso, de las afinidades de Morgan, no es posible extrapolar ninguna relación explícita entre Tolkien y los grupos conservadores españoles, dado que, pese a su interés por la situación de España, el ambiente en el que Tolkien desarrollaba su vida y por el que era influido, era el británico. Por ello se hace necesario revisar la situación concreta que se planteó en Gran Bretaña ante el estallido de la Guerra Civil en España.

Meses antes del inicio del conflicto se había iniciado en las islas una campaña de propaganda contra el régimen republicano por parte de miembros del futuro bando insurgente. Entre los principales portavoces de esta campaña se encontraba Luis Bolín, de ascendencia inglesa por parte de madre, por entonces corresponsal del ABC y que ocuparía altos cargos durante el régimen franquista. En su libro “España, los años vitales” describe sus actividades en este periodo con el claro tinte del bando al que representa:

En Londres, el 8 de Junio [de 1936][…] me tocó actuar de orador principal. El tema de mi charla eran los asuntos de España que por entonces despertaban un profundo interés. Entre los presentes figuraban Hilaire Belloc, Douglas Jerrold y otros escritores católicos amigos míos. Durante las semanas precedentes yo había pronunciado charlas sobre el mismo tema en el colegio conservador de Ashridge, en la universidad de Oxford, en el noviciado Jesuita de Heythrop y en otros centros. […] Aquella noche expliqué al auditorio las razones por las cuales en España existía un estado latente de guerra civil. Una reacción nacional estaba a punto de estallar contra la amenaza comunista y el caos imperante.[12]

Pese a la labor de Bolín y de otros, cuando la guerra comenzó en julio de 1936 en Gran Bretaña se produjo un masivo apoyo al bando republicano, que despertó un gran número de simpatías especialmente entre los trabajadores. Además, para la mayoría de la sociedad británica la república era el gobierno legal de España pues se trataba de un régimen salido de un proceso sufragista.

Algunos, sin embargo, discutieron este punto, como Vita Sackville-West, conocida escritora nada sospechosa de simpatizar con los franquistas, que se declaró neutral alegando: «Vosotros ponéis el acento en el hecho de que el que queréis apoyar es el gobierno legítimo de España. Pero [...] si queréis apoyarlo por ser legítimo, entonces deberíais estar dispuestos a apoyar también los de Hitler y Mussolini en el caso en que hubiese una rebelión contra ellos»[13].

De todos modos, podría hablarse de un cierto desapego en el Reino Unido respecto del conflicto, dada la visión que por entonces existía de España, considerada como un lugar exótico, marcado por siglos de oscurantismo, con unos habitantes incapaces y con costumbres ineficientes como la siesta o “atroces” como las corridas de toros. Por ejemplo, el por entonces el Cónsul General Británico en Barcelona consideraba que «los españoles son todavía una raza de salvajes sedientos de sangre, con una enjuta apariencia en tiempos de paz»[14].

Muchos aspectos de la guerra, tanto de sus causas como de su desarrollo temprano, resultaban ajenos e incompresibles para el público de las islas. La idea más extendida era que la República representaba un intento de modernización de España frente a la España tradicional, caracterizada por las oligarquías aristocráticas. Sin embargo la República veía empañada su gestión por la caótica situación social que se estaba produciendo en España y por su escasa respuesta ante situaciones violentas nacidas de un profundo anticlericalismo. 

Desde el principio de la guerra el mismo Franco no desaprovechó este filón e insistía a los medios británicos en que él, por encima de otras cuestiones, se había limitado a cumplir con su labor patriótica levantándose contra la anarquía y la revolución social. El galante caballero cristiano, como era llamado por sus seguidores británicos, trataba de minimizar cualquier clase de afinidad con las naciones fascistas pretendiendo la neutralidad de las potencias europeas. Franco se apoyaba en el temor que inspiraba una radicalización de la política de la era republicana, que podría llevar a que España se convirtiera en un satélite de la Unión Soviética de Stalin. Así, los gobiernos de las potencias europeas democráticas, como el británico, se mostraron neutrales precisamente por el gran temor al gigante soviético. El Primer Lord del Almirantazgo, Sir Samuel Hoare, por ejemplo, se pronunció en el sentido de que si los bolcheviques llegaban hasta Portugal, el imperio británico estaría en serio peligro.

Respecto a los apoyos británicos a los insurgentes, cabe decir que, aunque parezca sorprendente, los grupos fascistas británicos no congeniaron íntimamente con los franquistas. El máximo representante del fascismo inglés, Oswald Mosley, dirigente de la British Union of Fascists, llegó a plantear de forma algo chulesca que la guerra en España no merecía la sangre de ningún inglés.[15] De cualquier modo, no se puede negar que numerosos fascistas británicos se implicaron en la guerra y algunos acudieron a luchar a favor de los franquistas y que, por ejemplo, Eoin O'Duffy líder de los camisas azules, una corriente filofascista procedente de una escisión del IRA, formó un batallón (la brigada irlandesa) que acudió a combatir a España.[16]

El único sector en el que se produjo una alineación mayoritaria con el movimiento de Franco en la sociedad británica fue el de los católicos[17], por otra parte, un grupo marginal y mal considerado. Una muestra de la poca estima que se les tenía, especialmente entre los grupos más vanguardistas, podrían ser las palabras de Virginia Wolf en una carta sobre la conversión al catolicismo del poeta T.S.Eliot.

Acabo de tener una sumamente vergonzosa y penosa entrevista con Tom Eliot, a quien deberíamos considerar muerto de hoy en adelante. Se ha convertido al Anglo-Catolicismo y cree en Dios y la inmortalidad y va a la Iglesia. [18]

Algunos de los representantes parlamentarios católicos visitaron España durante la guerra como observadores, como Anthony Crossley quien señaló a su regreso en lo que podría ser un atinado retrato de la visión más extendida entre los católicos:

[Los Nacionales] luchan por su religión contra el ateismo, por el derecho a conservar su propiedad contra el compulsivo empobrecimiento, por una dictadura militar contra una dictadura comunista, por su país en contra de la internacionalización.[19]

Parecía inevitable que en España la alternativa al comunismo pasara por una salida totalitaria, en un horizonte que no disgustaba demasiado a los británicos conservadores y especialmente a los políticos católicos de este signo. De hecho, algunos de sus líderes no religiosos, fueron impulsores de asociaciones con planteamientos que, aunque no se les pudiera considerar específicamente fascistas, si tenían peligrosas afinidades tales como, para el caso que nos ocupa, los Friends of National Spain.

Sin embargo, la mayoría de ellos se redimieron de cualquier sospecha con sus actuaciones en la Segunda Guerra Mundial, mostrando sus auténticas fidelidades. No hay duda de que personajes como el miembro del parlamento Victor Cazalet o, el antes citado por Bolín, Douglas Jerrold, editor de la English Review, quizás los franquistas más destacados de las islas, demostraron que, pese al extremismo de sus posturas políticas a este respecto, ello no era incompatible con su patriotismo.

Para los católicos de base y para las autoridades religiosas la cuestión era más simple y, alejándose en general de planteamientos políticos, se concretaba en que los insurgentes reivindicaban los valores tradicionales y la defensa de la Iglesia Católica frente a los peligros del comunismo y de laicismo.

Por ejemplo, Ronald Knox capellán de la Universidad de Oxford entre 1926 y 1939 afirmó:

Durante el último año, los católicos españoles, invocando la protección del apóstol Santiago en sus estandartes, no se han contentado con pedir que descienda fuego del cielo, sino que ellos mismos han arrojado fuego sobre sus hermanos ¿Estuvo el general Franco justificado al tomar sobre sí la más grave responsabilidad que puede ser imaginada, al empujar a su país a los horrores ciertos de una guerra civil para evitar los horrores posibles del comunismo o de una dictadura anárquica? No tengo ninguna duda de que, efectivamente, estuvo justificado. [20]

En este contexto podríamos situar también las actuaciones del obispo de Southwark, Peter Amigo, uno de los más beligerantes a este respecto, quien declaró en Agosto de 1936 en la catedral de St. George que:

Aquellos que combaten al Gobierno Español son descritos como rebeldes. Si ellos son rebeldes, entonces gracias a Dios, yo soy un rebelde […] Ellos están luchando por la Iglesia de Dios.[21]

Sin embargo, la más clara muestra de la posición en la Iglesia Católica inglesa seguramente venga dada por las afirmaciones de la máxima autoridad católica de aquel momento en Gran Bretaña, el Arzobispo de Westminster Arthur Hinsley, quien en 1939, con la guerra en sus últimos momentos, escribió una carta a Franco en los siguientes términos:

Le considero a usted como el gran defensor de España verdadera, el país de principios Católicos donde la justicia católica social y la caridad serán aplicadas para el bien común bajo un gobierno firme pacífico[22].

El tono de esta misiva puede llevarnos a error y darnos una visión equivocada del autor de la misma. Sin embargo, Arthur Hinsley fue un personaje nada sospechoso de fascista, calificado como martillo de dictadores en la Segunda Guerra Mundial. Su espíritu nada ultramontano y sus críticas contundentes a la Italia fascista y a la Alemania nazi provocaron la admiración del mismo Winston Churchill quien vio en Hinsley un igual en tanto a su capacidad de sintonizar con la sociedad británica en los momentos más complejos de la Segunda Guerra Mundial.[23]

En este punto es necesario valorar la persecución religiosa en España como elemento fundamental para entender estas simpatías. Ésta fue una de las causas de la mala imagen del régimen republicano en el exterior y, aunque el bando insurgente fue responsable de episodios de extrema violencia y de actos criminales injustificables incluso en el contexto de una guerra, debe destacarse que la mayoría de ellos pudieron ser minimizados en aquel momento gracias al eficiente aparato propagandista franquista.

Los ya comentados ataques contra la Iglesia católica, sus miembros y sus fieles que se habían producido antes de la guerra, multiplicaron su virulencia cuando se inició el conflicto. La Iglesia católica y sus simpatizantes fueron identificados como uno de los principales objetivos a eliminar por parte de grupos fieles al gobierno. Muchos autores debaten si se trató de un movimiento incontrolado que generó espontáneas escuadras de la muerte o, por el contrario, fue el resultado de una estrategia organizada, pero de lo que no se puede dudar es de su hondura y brutalidad. Cualquiera que fuera identificado en la zona republicana como miembro de la Iglesia Católica, ya fuera sacerdote, fraile, monja, novicio, seminarista o incluso obispo, corría un grave peligro.

El escritor antifranquista Salvador de Madariaga señaló a propósito de la situación de los eclesiásticos durante la guerra:

Pero que durante meses y años bastase el mero hecho de ser sacerdote para merecer pena de muerte ya de los muchos tribunales más o menos irregulares que como hongos salían del pueblo, ya de revolucionarios que se erigían a sí mismos en verdugos espontáneos, ya de otras formas de venganza o ejecución popular, es un hecho plenamente confirmado.[24]

Historiadores británicos neutrales como Hugh Thomas o Stanley Payne señalan aquel momento como la época histórica de mayor odio contra la religión y cuanto con ella se encuentra relacionado y califican la persecución de la Iglesia católica como la mayor jamás vista en Europa. La cantidad de víctimas varía según la fuente y es imposible determinarla con exactitud. Un estudio clásico al respecto, el de Antonio Montero Montero[25], cifra en aproximadamente siete mil los religiosos asesinados incluyendo trece obispos. A ellos habría que sumar los numerosos seglares asesinados por su militancia católica. Además, aunque en otro nivel de barbarie, deberían añadirse los alrededor de veinte mil edificios religiosos que fueron destruidos (en muchos casos con sus tesoros artísticos), fundamentalmente iglesias y monasterios.

Para los católicos británicos, perseguidos durante siglos les resultaba casi tan indignante como el ataque a los religiosos españoles, la actitud de muchos de sus compatriotas. Tolkien se expresa en este sentido en una carta a su hijo Christopher a la que volvemos posteriormente:

Las reacciones de C.S.L.[26] fueron extrañas. Nada es un mayor tributo a la propaganda roja que el hecho de que él (que sabe que en todo lo demás son mentirosos y fuerzan la verdad) cree todo lo que se dice contra Franco y nada de lo que se dice a su favor. Aun el discurso que pronunció Churchill en el Parlamento lo dejó imperturbable.[27]Pero el odio de nuestra Iglesia es, después de todo, el único cimiento definitivo de la Iglesia de Inglaterra, tan profundamente arraigado, que persiste aun cuando toda la superestructura parece conmovida (¡C.S.L., por ejemplo, venera el Sagrado Sacramento y admira a las monjas!). Pero si un luterano es encarcelado, se levanta en armas; sin embargo, si se asesinan sacerdotes católicos, se niega a creerlo (y, diría yo, aun cree que se lo buscaron).[28]

La actitud de los católicos británicos a favor de los insurgentes en España les aisló todavía más. Lo cierto es que en aquellos momentos resultaba complicado separar el apoyo político a los franquistas basado en una identidad con el fascismo, con la simpatía hacia ellos propiciada por las afinidades religiosas (reforzada por la persecución religiosa cuya raíz se identificaba con el comunismo). La declaración del escritor católico Ewelyn Waugh es sumamente ilustrativa:

Si yo fuera español estaría luchando a favor del General Franco.[…]No soy fascista y no me pienso convertir en uno de ellos a no ser que sea la única alternativa al marxismo.[29]

Muchos no entendieron la sutil diferencia entre los que en aquel periodo podrían considerarse fascistas y que simplemente eran católicos militantes (y por ello anticomunistas). Esto condujo a multitud de rupturas de relaciones hacia los que tomaron esta segunda opción. Algunos autores que apoyaron a los franquistas como Hilaire Belloc se salvaron por su carácter excéntrico que minimizó los efectos de la antipatía antes mencionada generada hacia su actitud. Belloc, citado por Bolín al principio de este trabajo como uno de los asistentes a sus charlas, hizo campaña a favor de Franco durante la guerra, «el hombre que nos ha salvado a todos»[30] y le visitó en el frente.

Quizás en el entorno familiar y próximo de Tolkien el más comprometido pro-franquista fue el padrino de bautismo de su hija Priscilla, el prestigioso profesor de derecho romano Francis de Zulueta. Nacido en 1878 y aunque nacionalizado inglés y residente en Oxford durante la mayor parte de su vida, era de ascendencia hispano-irlandesa. Su padre Pedro de Zulueta era hijo del segundo Conde de Torre-Díaz, también llamado Pedro, un comerciante de origen vasco que se había establecido en Londres. La madre de Francis de Zulueta era Laura Sheil, hija del que fuera gobernador de Persia, Sir Justin Sheil, y hermana del Padre Denis Sheil, del Oratorio de Birmingham[31].

La única hermana de su padre se casó con Rafael Merry del Val, noble diplomático partidario de Alfonso XIII. Entre sus cuatro hijos (primos, por lo tanto, de Francis de Zulueta) Alfonso, el mayor, fue embajador de España en Londres entre 1913 y 1931 (justo hasta que se instauró la II República en España). Su hermano Rafael optó por la carrera eclesiástica y se convirtió en el Cardenal Merry del Val, influyente Secretario de Estado Vaticano durante el papado de Pío X. El Cardenal falleció en 1930, pero tanto su hermano Alfonso como especialmente el hijo de mayor de éste, Pablo, estuvieron muy implicados en la sublevación franquista.

Francis de Zulueta fue un referente académico en Oxford, doctor honoris causa por varias universidades, desempeñó el importante cargo de Regius Professor of Law en el All Souls College de Oxford entre 1919 y 1948. Sin embargo, pese a su indudable prestigio, sus colegas desaprobaban su apoyo al los nacionales durante la Guerra Civil el cual se concretó tras la Guerra Civil Española en sus simpatías por el régimen franquista.

Lo cierto es que se creó toda una especie de leyenda negra a su alrededor que le dibujaba como un aristócrata fascista que consideraba a sus colegas de Oxford como plebeyos[32]. Sin embargo varios hechos chocan con esta visión como el de su ayuda a varios colegas alemanes de origen judío perseguidos por el régimen nazi, como Fritz Schulz o especialmente David Daube, con quien entabló una profunda amistad y de quién fue valedor para que ocupara el cargo de Regius Professor. También la relación con Tolkien no termina de concordar con esta imagen, lo que nos lleva de nuevo al hecho de que el mero apoyo al régimen franquista tenía un alto precio.
 
Es, sin embargo, el poeta Roy Campbell el personaje cuya relación con Tolkien ha tenido una mayor repercusión por la circunstancia de que se tratara de declarado partidario de Franco. La forma detallada en que se relata el encuentro entre ambos en Octubre de 1944 permite conocer ciertas opiniones íntimas de Tolkien[33]:

El martes al mediodía eché una ojeada en el Bird & B. con C. Williams[34]. Para mi sorpresa, encontré allí a Jack y a Warnie[35] ya acomodados. […] Y noté a un extraño hombre delgado y alto vestido medio de uniforme y medio de paisano, con un sombrero de ala ancha, ojos brillantes y nariz ganchuda, que estaba sentado en un rincón. […] Se parecía más bien a Trancos en el Poney Pisador; de hecho, se parecía mucho. De pronto intervino en la conversación con un extraño acento inubicable cuando se mencionaba a Wordsworth. En unos pocos instantes se reveló como Roy Campbell (de Flowering Rifle y Flaming Terrapin).

Tolkien cita las dos obras más conocidas de Campbell. La primera en orden cronológico es “The Flaming Terrapin” (“La Tortuga Llameante”) publicada en 1924 y que le ganó de inmediato un notable reconocimiento y le elevó a la categoría de estrella emergente dentro del panorama de la poesía británica. De hecho, gracias a la fama que le proporcionó esta obra estableció contacto con los grandes poetas y grupos literarios de aquel tiempo en Inglaterra con los que fraguó, al menos en aquel periodo, una cordial relación.

Sin embargo “Flowering Rifle” (“El Rifle Florido”) fue publicado en otro momento muy diferente y tuvo una acogida muy distinta. Impregnado de un nada imparcial afán propagandístico a favor de Franco y sus seguidores, cuando vio la luz en 1939 obtuvo una pésima recepción entre los círculos intelectuales británicos potenciada por la mala imagen que Campbell tenía por haber participado en la Guerra Española apoyando a los insurgentes y por su declarada animadversión hacia los simpatizantes de la izquierda.

Un  libro de referencia como “Oxford Companion to Twentieth Century Poetry in English” dice a propósito de Flowering Rifle que es «una apología estridente de Franco como defensor de los valores cristianos y uno de los más asquerosos y peores poemas nunca escritos por un hombre con el don de Campbell»[36].

Y es que ese “don” de Campbell, considerado por muchos como uno de los mejores poetas de entreguerras, se vio empañado por su impopular ideología que (como en otros casos citados) mermó su reputación y la forma en que se recibieron sus obras. Sin ir más lejos, C.S. Lewis fue un crítico inmisericorde de Campbell. Tolkien lo comenta en su carta e incluso aduce motivos extraliterarios para la severidad de su crítica:

Tableau! Especialmente desde que C.S.L. no hacía mucho lo había ridiculizado violentamente en la Oxford Magazine, y sus coleccionistas de recortes no se pierden nada. Queda mucho de Ulster en C.S.L. todavía, aunque él mismo no lo sabe. […] Fue (quizá) gratificante descubrir que este poderoso soldado y poeta deseaba en Oxford sobre todo ver a Lewis (y a mí). Establecimos una cita para el jueves por la noche (es decir, anoche mismo).
Si pudiera recordar todo lo que oí anoche en la sala de C.S.L., podría llenar varias cartas aéreas. C.S.L. había bebido bastante oporto y estaba un poquillo beligerante (insistía en leer su libelo nuevamente mientras R.C. se reía de él), pero estábamos obligados a escuchar al invitado. Una ventana sobre un mundo salvaje; sin embargo, el hombre en sí mismo es gentil, modesto y comprensivo. Me interesó sobre todo enterarme de que este Trancos con cicatrices de guerra, de aspecto avejentado, que cojea por efecto de heridas recientes, es 9 años más joven que yo, y probablemente nos conocimos cuando él era un muchacho y vivía en O[xford] durante el período en que nosotros vivimos en Pusey Street (nos alojábamos con Walton, el compositor, y salíamos con T.W. Earp […] y con Wilfrid Childe, tu padrino, cuyas obras él elogia calurosamente).


Tolkien apenas da unas pinceladas de la biografía de Campbell deben ser complementadas. Nacido en 1901 en Sudáfrica, viajó a Inglaterra para estudiar en Oxford. Esta experiencia le serviría para conocer (y darse a conocer) a un interesante grupo de jóvenes escritores y artistas. Entre sus íntimos se encontraban T.W. Earp (con una curiosa relación con Tolkien que comenzó cuando ambos ingresaron al tiempo en el Exeter College) y William Walton, pero además de ellos se relacionó con otros como T.S. Eliot, Aldus Huxley, Robert Graves y, tras el éxito de su “The Flaming Terrapin” con el grupo de Bloomsbury encabezado por Virginia Wolf.

Una amarga disputa personal con ellos, le llevó a replantearse su vida y abandonó Inglaterra con su familia, primero con destino a Francia y posteriormente a España, donde llegaron en los albores de la Guerra Civil. Tolkien confunde algunos datos.

[…] se convirtieron al catolicismo después de cobijar a los padres carmelitas en Barcelona... en vano, pues fueron atrapados y asesinados, y R.C. estuvo a punto de perder la vida. Pero rescató los archivos carmelitas de la biblioteca en llamas, y los trasladó a salvo a través del país en poder de los rojos. Habla el español con fluidez (fue torero profesional). Como sabes, luchó luego en la guerra del lado de Franco[…].

En efecto Campbell vivió en Barcelona. De hecho, ésta fue su primera escala en España antes de establecerse en Altea, una pequeña población de la costa de Alicante. Allí, junto a su familia, fue recibido en la Iglesia Católica. Meses después, las necesidades familiares le hicieron tener que trasladarse a Toledo a mediados de 1935, donde entablaron una cordial relación con los Carmelitas Calzados de aquella localidad, cuyo convento era vecino a la casa en la que se establecieron.

Cuando se inició la guerra civil los monjes confiaron secretamente a Campbell diversos manuscritos de San Juan de la Cruz que se guardaban en la biblioteca del convento (seguramente pensando en que su condición de extranjero le otorgaba una cierta inmunidad). Sus temores eran fundados pues los dieciséis miembros de la comunidad fueron asesinados y la biblioteca del convento fue incendiada apenas un mes después.

El impacto de este hecho, unido a sus propias ideas, llevó a Campbell a querer comprometerse con la causa de los insurgentes y, tras poner a salvo a su familia, trató de incorporarse al ejército franquista. Sin embargo, no llegó a combatir ni a pertenecer a ninguna unidad armada, aunque recorrió España durante el periodo de la guerra. Fue justamente Pablo Merry del Val[37] el que le convenció de que era más valioso como propagandista que como combatiente: «Necesitamos plumas, no espadas».[38]

Su actitud de apoyo explícito a los franquistas avivó las sospechas sobre su figura y el calificativo de fascista le fue aplicado alegremente desde entonces. El propio Tolkien se veía obligado a explicitar la lealtad del poeta basándose en sus actos posteriores.

Pero es un hombre patriota, y ha luchado para el Ejército Británico desde entonces. Bueno, bueno. Martin D'Arcy responde de él y le ha dicho que nos buscara. Pero me gustaría recordar la mitad de las historias picarescas que ha contado sobre poetas, músicos, etcétera, desde Peter Warlock hasta Aldous Huxley. […] Pero no es posible transmitir la impresión que produce un tan raro personaje, soldado, poeta y cristiano converso.

Esta carta concluye con una reflexión de Tolkien sobre los intelectuales izquierdistas que revela claramente su animadversión hacia el comunismo.

¡Qué distinto de la Izquierda, los «carros blindados de pana» que huyeron a América (Auden entre ellos, que con sus amigos llevaron las obras de R.C. «prohibidas» por el Consejo de Birmingham)!

Tolkien se refiere a un destacado grupo de poetas del momento que se desarrollaron en el contexto de Oxford, conocidos como la generación de Auden. Dicho grupo de jóvenes poetas encabezados por W.H. Auden y compuesto por Cecil Day Lewis, Louis MacNiece y Stephen Spender, forman parte de la primera generación de británicos que se sintieron atraídos por el marxismo. Al estallar la guerra en España este grupo tuvo un posicionamiento claro contra el golpe franquista y, por contra a lo sucedido a Campbell, puede decirse que representaban la actitud políticamente correcta entre la intelectualidad del momento.

Justamente Campbell tuvo serios problemas con ellos. La opinión del grupo sobre “Flowering Rifle” no fue nada buena[39] y los desacuerdos ideológicos convirtieron sus diferencias en una agria disputa personal. Cuando todos los poetas del grupo se marcharon de Londres durante los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial (lo que Tolkien señala al hablar con desdén de los «carros blindados de pana» que huyeron a América) Campbell tuvo un motivo de crítica que no desaprovechó y en su poemario Talking Bronco les calificó de «poetas de la retaguardia».
 
Curiosamente, Tolkien mantuvo una cordial amistad con Auden aunque, como acabamos de ver, no dudó en reprocharle su marcha a América. En todo caso su relación rompe con el mito de la intolerancia de Tolkien, puesto que además de simpatizante de ideas izquierdistas se trataba de un homosexual declarado.

Wystan Hugh Auden nació en 1907. En su época de estudiante en Oxford atendió a la lecturas de Tolkien sobre el Beowulf que le conmovieron vivamente. Aunque el contacto personal entre ambos fue mínimo en ese periodo, si está documentado que Tolkien fue uno de sus examinadores en 1928. Auden, se dedicó con pasión a la poesía y se convirtió en uno de los poetas más destacados del siglo y referente de un círculo literario, como se ha señalado arriba.

No fue ajeno a los acontecimientos de la Guerra Civil Española. Su ideología izquierdista le llevó a alinearse con el gobierno republicano e incluso se decidió a implicarse en primera persona, lo que supuso una gran alegría entre los republicanos dado el relieve internacional de su figura. Sin embargo su presencia en España fue breve debido a unas peculiares circunstancias. Su compañero de generación Stephen Spender describe la situación:

Se presentó como voluntario para conducir ambulancias pero no logró hacerlo por alguna razón no conocida por sus amigos. Nadie sabe lo que le pasó. Auden nunca quiso hablar de su experiencia en España. Se quedó por un tiempo y algo le afectó mucho. Sufrió una experiencia religiosa muy profunda. Aunque siempre simpatizó con la República, le horrorizó el ver demostraciones antirreligiosas y el incendio de unas iglesias.[40]

A raíz de esta experiencia escribió el poema Spain 1937. En él hace hincapié en la necesidad de compromiso a favor de la causa republicana en España y aboga por una toma de postura decidida que estará vinculada con el curso de la historia ya que el desarrollo de la guerra civil en España se intuía como un punto clave en el devenir de la complicada situación política del momento.

Tras volver de España, Auden se estableció en Estados Unidos y allí pasaría la mayor parte del resto de su vida. Vinculado con la crítica literaria (labor que ejercitaría en paralelo a la de creación poética) fue uno de los grandes valedores de las obras de Tolkien, tanto “El Hobbit” como “El Señor de los Anillos”, en América. A consecuencia de ello se estableció una larga y fluida correspondencia entre ellos que se transformó en una profunda amistad.

Hacía el final de su vida, Tolkien describió su relación:[41]

No conocí personalmente a Auden cuando joven y de hecho lo vi y ha­blé con él muy pocas veces en mi vida. En la medida en que su interés por la poesía en inglés antiguo se me debía, esto era consecuencia de mis conferencias públicas y de sus pro­pios talentos naturales y la posesión de un «oído abierto» entre una ma­yoría de sordos. Sin embargo, en años recientes, contraje una profunda deuda con Auden. El apoyo que me brindó y su interés por mi trabajo han sido para mí uno de los principales motivos de aliento. Me dedicó críticas, noticias y cartas muy buenas desde un comienzo, cuando de ningún modo era popular hacerlo. De hecho, se burlaban de él por ello. Lo considero uno de mis grandes amigos, a pesar de que nos hemos encontrado tan pocas veces, excepto por carta y por el don de su obra. Intenté pagárselo y expresar parte de mis sentimientos escribiendo un poema laudatorio en inglés antiguo que apareció en un volumen de Shenandoah que celebraba su sexagésimo aniversario.[42]

Auden también dedicó obras suyas a Tolkien como su traducción del Elder Edda de 1969 y un poema titulado A Short Ode to a Philologist en el que formula la bella paradoja, sin duda del gusto de Tolkien, de que «ningún héroe es inmortal hasta que muere».

Pero, dejando de lado las relaciones personales de Tolkien, cabría volver a sus propias declaraciones para entender sus planteamientos políticos. En un primer acercamiento, y para aclarar cualquier clase de polémicas, deben destacarse sus reflexiones acerca del nazismo (prototipo de los movimientos fascistas), con el que aparentemente el mundo imaginario de Tolkien, en el que se recrean elementos típicos de la tradición del norte de Europa tan afectos a las presuntas raíces del mismo.

La opinión de Tolkien sobre el fundamento “nórdico” del modelo nazi, que califica de disparate nórdico, se expone con claridad meridiana en una carta escrita a su hijo Michael en 1941.

He pasado la mayor parte de mi vida, desde que tenía tu edad, estudiando asuntos germánicos (en el sentido general, que incluye a Inglaterra y Escandinavia). Hay mucha más fuerza (y verdad) en el ideal «germánico» que lo que la gente ignorante imagina. Me sentí muy atraído por él cuando estudiante (cuando Hitler, supongo, hacía ensayos con la pintura y no había oído de él), como reacción en contra de los «clásicos». Es necesario comprender lo bueno de las cosas para apreciar su verdadero mal. ¡Pero nadie me llama nunca para hacer una emisión radial o escribir un post scriptum! Sin embargo, supongo que sé ahora mejor que la mayoría cuál es la verdad de este disparate «nórdico». De cualquier modo, guardo en esta guerra un ardiente rencor privado -que me haría probablemente mejor soldado ahora, a los 49, que lo fui a los 22- contra ese cabal ignorante, Adolf Hitler (porque lo extraño de la inspiración demoníaca es que de ningún modo realza la estatura puramente intelectual: afecta por sobre todo la mera voluntad). Arruina, pervierte, aplica erradamente y vuelve por siempre maldecible ese noble espíritu nórdico, suprema contribución a Europa, que siempre amé e intenté presentar en su verdadera luz.[43]

El propio Tolkien padeció en sus carnes la paranoia nazi, cuando se le solicitó justificar su pureza racial en vistas a una posible publicación de “El Hobbit” en la Alemania hitleriana. Tolkien tuvo una respuesta contundente:

Estimados señores:
Gracias por su carta... Lamento no tener muy claro a qué se refieren con arish. No soy de extracción aria: eso es, indo-iraní; que yo sepa, ninguno de mis antepasados hablaba indostano, persa, gitano ni ningún otro dialecto afín. Pero si debo entender que quieren averiguar si soy de origen judío, sólo puedo responder que lamento no poder afirmar que no tengo antepasados que pertenezcan a ese dotado pueblo. Mi tatarabuelo llegó a Inglaterra desde Alemania en el siglo XVIII; la mayor parte de mi ascendencia, por tanto, es puramente inglesa, y soy súbdito de Inglaterra; eso debería bastar. No obstante, me he acostumbrado a considerar mi apellido alemán con orgullo, y seguí considerándolo así durante todo el periodo de la lamentable pasada guerra, durante la cual serví en el ejército inglés. Sin embargo, no puedo dejar de comentar que si averiguaciones impertinentes e irrelevantes de esta especie han de convertirse en la regla en cuestiones relacionadas con la literatura, no está entonces distante el momento en que tener un apellido alemán deje de ser fuente de orgullo.
La averiguación en que se involucran sin duda obedece a las leyes de vuestro propio país, pero que éstas deban aplicarse a súbditos de otro Estado no es correcto, aun si tuvieran (y no la tienen) la menor relación con los méritos de mi obra o la conveniencia de su publicación, de la que parecen estar satisfechos sin referencia alguna a mi Abstammung [genealogía].
Confío en que encontraran la respuesta satisfactoria.
[44]

Sin embargo, en una declaración que le honra, Tolkien demostró una envidiable capacidad para no perder nunca el sentido de justicia, ni aun en los peores momentos y fue capaz de criticar abiertamente los posicionamientos demonizantes sobre los alemanes que, en los peores momentos de la Segunda Guerra Mundial, defendían abiertamente una venganza contra ellos.

Pero es deprimente ver a la prensa revolcándose en la cuneta de manera tan baja como Goebbels en sus mejores tiempos […]Sabíamos que Hitler era un pillo vulgar e ignorante, además de tener otros defectos (o la fuente de ellos); pero parece haber muchos […] si tuvieran la oportunidad, manifestarían la mayor parte de las otras características hitlerianas. Había un solemne artículo en el periódico local que abogaba seriamente por el sistemático exterminio de la entera nación alemana como única medida adecuada después de la victoria militar: pues, si os place, ¡no son más que víboras de cascabel y no conocen la diferencia entre el bien y el mal! (¿Y el autor del artículo qué?) Los alemanes tienen igual derecho a declarar a los polacos y a los judíos alimañas exterminables y subhumanas como nosotros a los alemanes; en otras palabras, no tienen ninguno, no importa lo que hayan hecho.[45]

El rechazo del nazismo es sólo una parte de su ideario político que expone en otras cartas y que, para sorpresa de su público, presenta unos singulares planteamientos. Así, en una carta escrita en plena Segunda Guerra Mundial trató de expresarlo más detalladamente a su hijo Christopher empleando un tono pedagógico.

Mis opiniones políticas se inclinan más y más hacia el anarquismo (entendido filosóficamente, lo cual significa la abolición del control, no hombres barbados armados de bombas) o hacia la monarquía «inconstitucional». Arrestaría a cualquiera que empleara la palabra Estado […] Estaría muy bien poder volver a los nombres personales. Gobierno es un sustantivo abstracto que significa el arte y el proceso de gobernar […]Si la gente tuviera la costumbre de referirse al «consejo del rey Jorge» o a «Winston y su pandilla», se contribuiría así a aclarar el pensamiento y a reducir el espantable desliz hacia la personalocracia. De cualquier modo, el estudio propio del Hombre es cualquier cosa, salvo el Hombre; y la tarea más impropia de cualquier hombre, aun de los santos (que, de todos modos, son los menos dispuestos a asumirla), es mandar en otros hombres.[46]

Incidiendo en su aversión hacia el control y la planificación tenemos esta otra muestra.

No soy «socialista» en sentido alguno -pues soy contrario a la «planificación» (como debe de ser evidente), sobre todo porque los «planificadores», cuando adquieren poder, se vuelven malos.[47]

No obstante, lo que más puede sorprender al lector contemporáneo son las dudas de Tolkien sobre el concepto de democracia y sus recelos sobre la viabilidad de un modelo político guiado por ella. Sin querer ahondar en el tema, debería recordarse que sus temores eran una idea extendida en su tiempo entre prestigiosos pensadores, que plantearon modelos políticos como, entre otros muchos, el socialismo gremial, el maurrasianismo o el distributismo, en los que la democracia (o, más exactamente, el sufragio universal) no es condición sinecuanum para el establecimiento de un régimen no totalitario. Tolkien dice:

No soy «demócrata» sólo porque la «humildad» y la igualdad son principios espirituales corrompidos por el intento de mecanizarlos y formalizarlos, con el resultado de que no obtenemos pequeñez y humildad universales, sino universales grandeza y orgullo, hasta que un Orco se apodera de algún anillo de poder... y entonces recibimos, como estamos recibiendo, la esclavitud.[48]

Pero más allá de esto, la propia obra de Tolkien, en tanto que reflejo de su pensamiento es fundamental para entenderle mejor. En este caso, es importante huir de un análisis tópico basado generalmente en el desconocimiento, y resulta un acertado acercamiento el de Jessica Yates en Tolkien the Anti-Totalitarian [49] que recorre (y da oportuna respuesta) a la crítica de la segunda mitad del siglo XX que cayó en la tentación de vincular la obra de Tolkien con un totalitarismo racista y fascista, de forma directa o de manera subverticia como apunta, por ejemplo, el crítico socialista Rob Inglis:

Tolkien no es fascista, pero se puede decir que su gran mito, a la par que el de Wagner, prefigura aquellos nobles ideales genuinos de la doctrina fascista.[50]

Ante la dificultad de combatir en este terreno sólo cabe recurrir a los numerosos ejemplos que contradicen ésta y otras opiniones semejantes. Desde sus primeras obras fundacionales hasta sus relatos de madurez, los arquetipos presentes en la obra de Tolkien se alejan de esos parámetros y si se plantea, por citar un caso reiteradamente empleado, que Tolkien preconizaba la superioridad racial por su forma de retratar a los Elfos o a los hombres de Númenor, encontramos un incontestable contraejemplo en una historia vinculada estrechamente al trasfondo de este trabajo, pues pocos relatos son más significativos que el de la guerra civil en Gondor[50], en que precisamente un afán de pureza racial lleva al despotismo y la destrucción.

Si siguiéramos esta senda se podrían refutar todos los malintencionados intentos de difamar la ideología de Tolkien, lo que nos vuelve a llevar al inicio de este trabajo. Su posicionamiento respecto de la Guerra Civil, ya justificado por razones diferentes a las afinidades políticas, y las maledicencias procedentes de la envidia y de la ignorancia no deben alejarnos del verdadero Tolkien.

Seguramente quien mejor conociera sus intenciones creativas fuera él mismo al escribir su relato “Hoja de Niggle”, contemporáneo a la Guerra Civil Española. Tal vez la “gran sombra” que la guerra en España supuso para Tolkien, fuera un elemento clave para definir su concepción artística y, muy por encima de los mezquinos propósitos que se le han achacado, sirviera para establecer que el objetivo final de su obra era estético y en absoluto propagandístico.

Miró el Árbol, lentamente levanto y extendió los brazos.
-Es un don -dijo. Se refería a su arte, y también a la obra pictórica; pero estaba usando la palabra en su sentido mas literal.

***


[1] Obra de Stephen Goodson disponible en http://www.spearhead.com/0208-sg.html
[2] Citado en “Tolkien The Fascist?” de David Doughan.
[3] Extraído de la correspondencia del autor con Priscilla Tolkien.
[4] Genoveva García Queipo de Llano. Los intelectuales europeos y la guerra civil española
[5] En esta casa se escribieron las principales obras de Tolkien.
[6] Carta de Antonio Osborne a Francis Morgan de 10/1/1933. Archivo Osborne. 
[7] Carta de Francis Morgan a Antonio Osborne de 10/5/1933. Archivo Osborne.
[8] Victoria Eugenia de Battenberg era nieta de la reina Victoria de Inglaterra. Se casó en 1906 con el rey Alfonso XIII de España. Tras la instauración de la república se exilaron de España primero a Francia y más tarde a Italia. Algún tiempo después se separaron y ella vivió en Gran Bretaña hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Entonces se trasladó a Suiza donde moriría en 1969.
[9] Charles Maurras (1868-1952) aunó las diversas corrientes del conservadorismo francés que brotaron durante el siglo XIX en oposición a los planteamientos derivados de la Revolución de 1789. Abogaba por la supresión del parlamentarismo, de los partidos políticos y del sufragio universal, principal instrumento de desorganización y anarquía. Propugnaba una Monarquía tradicional en la que el monarca reuniría en su persona todos los poderes y tenía en alta estima a la Iglesia Católica en tanto que su estructura jerárquica y su élite clerical eran la imagen perfecta de su sociedad ideal. 
[10] Una polémica recurrente sobre Acción Española surge a la hora de establecer su posicionamiento político concreto, algo dificultado por la amalgama de tendencias que concurrieron en la revista. El selectivo asesinato de sus principales impulsores al iniciarse la Guerra Civil, incluidos Ramiro de Maeztu, probablemente el principal ideólogo del grupo, y el propio Alcalá Galiano (además de otras firmas destacadas de la revista como Victor Pradera, Zacarías García-Villada, Javier Reina, Federico Santander y Manuel Bueno) propició una cierta desnaturalización de sus ideas que fueron asimiladas como inspiradoras del régimen franquista (tal vez en busca de una identidad filosófico-histórica para la dictadura).
[11] Posteriormente sería publicado en 1933 por la Compañía Ibero-Americana de Publicaciones y ese mismo año traducido y editado en Inglaterra por Butterworth Limited, con prólogo de Lord Howard de Penrith, converso católico que había sido embajador en España entre 1919 y 1924.
[12] Tomado de “España, los años vitales” de Luis Bolín.
[13] Esta opinión procede de una encuesta que la escritora Nancy Cunard realizó en 1937 para “Left Review” entre intelectuales de aquel periodo (Tolkien no figuraba entre ellos) titulada “Authors take side on the Spanish War”. De una muestra de 148 sólo 5 se mostraron a favor de Franco y 16 se declararon neutrales. Esta encuesta ha sido recogida en numerosas obras dado su valor histórico. Entre las citadas en la bibliografía de este trabajo, es mencionada en las obras de Tom Buchanan y en “Unafraid of Virginia Woolf” de Joseph Pearce.
[14] Citado por Tom Buchanan en “The Impact of the Spanish Civil War on Britain: War, Loss And Memory”.
[15] Citado por Tom Buchanan en “Britain and the Spanish Civil War”.
[16] En este caso sería atinado señalar que la afinidad religiosa sería un motivo de convergencia más importante que las simpatías políticas.
[17]Pese a todo, no fue una postura unánime y personajes como el escritor Graham Green se opusieron abiertamente a los franquistas.
[18] Citado por Joseph Pearce en “Unafraid of Virginia Woolf”.
[19] Citado por Tom Buchanan en “Britain and the Spanish Civil War”.
[20] Citado por Evelyn Waugh en “Two Lives: Edmund Campion and Ronald Knox”.
[21] Citado por Kester Aspden en “Fortress Church: The English Roman Catholic Bishops and Politics”.
[22] Ibidem.
[23] Tolkien, además de sus lógicas obediencias como católico comprometido, tenía un punto de contacto adicional con Hinsley, quien había nombrado como obispo auxiliar a David Mathew, hermano de su buen amigo Gervase Mathew, erudito monje dominico que vivía en Oxford adscrito al Blackfriars College. Los Mathew habían pasado su infancia en Lyme Regis donde Tolkien les había conocido cuando todos eran unos niños (aunque él era algo mayor) al haberles visitado con el padre Morgan quien era amigo de la familia. Las referencias a estas visitas se basan en “Tolkien” de Daniel Grotta.
[24] Salvador de Madariaga. España. Ensayo de Historia Contemporánea.
[25] Tomado de Antonio Montero Moreno, “Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939”.
[26] C.S.Lewis.
[27] El 24 de mayo de 1944 el Primer Ministro, Winston Churchill, pronunció un discurso en la Cámara de los Comunes favorable al régimen franquista en el agradecía su neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial en lo que consideró un gran servicio prestado a los aliados.
[28] Carta a Christopher Tolkien de 6/10/1944. Tomado de “Cartas de JRR Tolkien”.
[29] Extraído de la encuesta de Nancy Cunard citada más arriba.
[30] Citado por Joseph Pearce en “Unafraid of Virginia Woolf”, extraído de “The life of Hilaire Belloc” de Robert Speaight.
[31] Tolkien tuvo un contacto cercano con el Padre Sheil mientras vivía en Birmingham bajo la tutela del Padre Morgan. Tolkien le menciona en una postal en clave reproducida en “The Tolkien Family Album” y que preparó para el Padre Morgan cuando en una ocasión envió en su lugar a Rednal al Padre Dennis (durante los últimos meses de la vida de su madre). Una probable “traducción” del fragmento indicado de dicha postal podría ser:

My dear wise owl Father Francis
You are too bad
not to come, in
spite of Father Denis.

No es descabellado pensar que cuando Tolkien comenzó a estudiar en Oxford trabara contacto (si no le conocía con anterioridad) con Francis de Zulueta, sobrino de Sheil, quien por entonces ya era profesor en la Universidad.
[32] Citado por Calum Carmichael en “Ideas and the Man: Remembering David Daube”.
[33] Todo el siguiente bloque de citas que narran el encuentro con Campbell proceden de la carta a Christopher Tolkien de 6/10/1944 citada anteriormente. Tomado de “Cartas de JRR Tolkien”.
[34] Charles Williams.
[35] C.S. Lewis y su hermano Warnie Lewis.
[36] “The Oxford Companion to Twentieth-century Poetry in English” por Ian Hamilton (editor).
[37] Pablo Merry del Val, al que ya se había citado anteriormente, era hijo de Alfonso Merry del Val, el primo de Francis de Zulueta, y durante la guerra ocupó el cargo de jefe de prensa en el gobierno provisional de los insurgentes.
[38] Citado por Joseph Pearce en “Unafraid of Virginia Woolf”.
[39] Stephen Spender escribió un artículo en el New Stateman en marzo de 1939 en el que decía «Aquí tenemos al bronco parlante, bruto armado con insultos, no sólo con el rifle floreciente sino con ametralladoras florecientes, cojones florecientes y ‘capronis’ florecientes»
[40] Berger, Víctor (1978), “Stephen Spender y la guerra civil española”, Vuelta, México, núm. 19,  pp. 49-50. (entrevista).
[41] Carta a Robert H. Boyer de 25/8/1971. Tomada de “Cartas de JRR Tolkien”.
[42] Carta a Michael Tolkien de 9/6/1941. Tomada de “Cartas de JRR Tolkien”.
[43] Carta a Rütten & Loening Verlag de 25/7/1938. Tomada de “Cartas de JRR Tolkien”. 
[44] Carta a Christopher Tolkien de 23-25/9/1944. Tomada de “Cartas de JRR Tolkien”.
[45] Carta a Christopher Tolkien de 29/11/1943. Tomada de “Cartas de JRR Tolkien”.
[46] Carta a Michael Straight enero o febrero de 1956. Tomada de “Cartas de JRR Tolkien”.
[47] Carta a Joanna de Bortadano de abril de 1956. Tomada de “Cartas de JRR Tolkien”.
[48] Publicado en “Proceedings of the JRR Tolkien Conference”.
[49] Citado en Tolkien the Anti-Totalitarian.
[50] Para más información acúdase a los apéndices de “El Señor de los Anillos”.


BIBLIOGRAFIA  

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